Imposible. Imposible. Imposible. Tres veces imposible: infinitivo no durar, infinitivo huir de pronombres personales llenos de ojos y de dientes y de tentáculos y estallar, plop.
No poder querer en infinitivo, no poder, no poder besar en infinitivo, no poder dejar para siempre en el rastro de saliva que mi lengua trazar en la punta del dedo chico de tu pie y la punta de tu nariz una vía láctea de infinitivos temblorosos, titilantes como temblorosas titilantes infinitivas estrellas. No, no poder hacer el amor en infinitivo: todo tener que empezar y terminar y por eso la desazón, la angustia, uno pensar de pronto en Heidegger Voyeur metido asesino de infinitivos con su ensangrentado fanático ser-en-el-mundo y qué tener que hacer vos o yo o nosotros en el mundo, qué carajo tener que hacer y qué tener que decidir o para qué hacer y/o decidir si nadie permitir la libertad infinitiva, si los infinitivos no durar, si enseguida morir en fauces en garras de indicativos esquemáticos, de imperativos dictatoriales, de deprecativos humillantes, de potenciales idiotamente esperanzados, de optativos ansiosos, de subjuntivos estériles o de principios macaneadores.
-¿En qué pensás Martín?
-¿Eh?
