domingo, 19 de abril de 2009

Calesita Carrusel


El piso comienza a moverse. El temblor entra por los pies y se traslada a cada extremo del cuerpo y lo pinta de un color particular. El equilibrio se pierde. A pesar de que la velocidad es lenta, se convierte en la justa para sentir el roce del viento en la piel erizada. Luego, la percibimos levantarse, como si buscara desprenderse de los huesos.

El cuerpo se siente completamente liviano, flotando en otro tiempo y espacio. La leve corriente de aire atrae aquellos pensamientos que están enterrados en el desorden. Recuerdos confusos que por alguna razón desconocida generan una especie de melancolía. Entonces, éstos emergen y quedan flotando.Primero desean atraparte con pequeñas brisas y luego se trasforman en inmensos huracanes.

De a poco, la velocidad aumenta y las vueltas no se detienen. Los giros parecen interminables, se van sucediendo unos de otros sin parar. El movimiento es constante. Giros, giros y más giros. Estos extraños vientos sólo son atraídos por la mente porque les gusta la idea de jugar allí. Es muy difícil domarlos porque te marean, te amagan, se burlan del equilibrio. Se caracterizan por bailar una danza inconclusa, indefinida, sin comienzo ni final.

De pronto, todo se detiene en un punto exacto, en un momento determinado. Por un instante, se produce una parálisis general y absoluto. Sin embargo, algo empieza a brotar de nuevo, el temblor arranca una vez más.

Tres, dos, uno. Giros, giros y más giros. El carrusel vuelve a despegar, sólo tomó aire para contemplar el paisaje. El movimiento es su fuente de energía y es necesario para escuchar su música y para no perderse en los laberintos inmóviles y vacíos.




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