martes, 28 de septiembre de 2010

La esfera


Atracción. La mano toma una tentadora cápsula compuesta por un quebradizo vidrio. Juego. Empieza a tocarla de a poco. Poder. La mano cree que maneja la esfera. Ilusión. Pero a veces su percepción falla. Placer. Se la pasa por todo el cuerpo. Giros. El movimiento es continuo y la cápsula se marea. Inercia. La mano queda tensionada, casi dormida, pero no deja de moverse. Conexión. Empiezan a moverse a un mismo ritmo. Profundidad. La cápsula conoce más rincones y el cuerpo descubre la infinidad del circulo. Clímax. La danza es tan excitante que opaca su confuso origen. Vacío. La piel comienza a sentir el frío del vidrio. Extremos. La intensidad del frío lo quema. Incendio. El fuego se refleja sobre el cristal. Cenizas. En la cápsula queda plasmado el retrato de un cuerpo quemado.

sábado, 18 de septiembre de 2010

Publicación de "La Révolution Surréaliste", Nº 2 (1925) Por Antonin Artaud

El mundo físico todavía está allí. Es el parapeto del yo el que mira y sobre el cual ha quedado un pez color ocre rojizo, un pez hecho de aire seco, de una coagulación de agua que refluye. Pero algo sucedió de golpe. Nació una arborescencia quebradiza, con reflejos de frentes, gastados, y algo como un ombligo perfecto, pero vago y que tenía color de sangre aguada y por delante era una granada que derramaba también sangre mezclada con agua, que derramaba sangre cuyas líneas colgaban; y en esas líneas, círculos de senos trazados en la sangre del cerebro.

Pero el aire era como un vacío aspirante en el cual ese busto de mujer venía en el temblor general, en las sacudidas de ese mundo vítreo, que giraba en añicos de frentes, y sacudía su vegetación de columnas, sus nidadas de huevos, sus nudos en espiras, sus montañas mentales, sus frontones estupefactos. Y, en los frontones de las columnas, soles habían quedado aprisionados al azar, soles sostenidos por chorros de aire como si fueran huevos, y mi frente separaba esas columnas, y el aire en copos y los espejos de soles y las espiras nacientes, hacia la línea preciosa de los seno, y el hueco del ombligo, y el vientre que faltaba.

Pero todas las columnas pierden sus huevos, y en la ruptura de la línea de las columnas nacen huevos en ovarios, huevos en sexos invertidos. La montaña está muerta, el aire esta eternamente muerto. En esta ruptura decisiva de un mundo, todos los ruidos están aprisionados en el hielo; y el esfuerzo de mi frente se ha congelado. Pero bajo el hielo un ruido espantoso atravesado por capullos de fuego rodea el silencio del vientre desnudo y privado de hielo, y ascienden soles dados vuelta y que se miran, lunas negras, fuegos terrestres, trombas de leche. La fría agitación de las columnas divide en dos mi espíritu, y yo toco el sexo mío, el sexo de lo bajo de mi alma, que surge como un triángulo en llamas.

sábado, 21 de agosto de 2010

Percepción genuina


Un ojo se acerca a mi cara y se posa en mi nariz. Quiere saber cómo es mi olfato. Mi cuerpo no le importa, sólo le interesa mi forma de percibir los olores. Pero está acostumbrado a ver, no a oler. Entonces no lo entiende, pretende oler con los ojos. Por eso juzga y reprocha aquellos olores que aspiro. Yo intento explicarle, pero tampoco puedo ver con el olfato.


De pronto, el ojo empieza a deformarse, su pupila se dilata y los parpados se abren. Comienza una mutación absoluta por dentro: empiezan a crecer plantas con tallos enormes que a su vez desprenden flores extrañas. Ahora es mi nariz la que se acerca al ojo. Pero mi intención es genuina, no quiero saber cómo es su visión, sólo quiero sentir el perfume de sus flores.



domingo, 1 de agosto de 2010

lunes, 26 de julio de 2010

Fragmento "Guía de pecadores" - por Eduardo Gudiño Kieffer

Pensar en infinitivo. Verbo en estado puro. Sin expresar nunca pero lo que se dice nunca números ni personas ni tiempos determinados. Ser. Estar en el aire, en la nada, en el vacío, en la eternidad. Incorpóreos. Infinitamente infinitos. Infinitamente infinitivos. Pero no, imposible. Infinitivo morir aún en boca de inocentes.

Imposible. Imposible. Imposible. Tres veces imposible: infinitivo no durar, infinitivo huir de pronombres personales llenos de ojos y de dientes y de tentáculos y estallar, plop.

No poder querer en infinitivo, no poder, no poder besar en infinitivo, no poder dejar para siempre en el rastro de saliva que mi lengua trazar en la punta del dedo chico de tu pie y la punta de tu nariz una vía láctea de infinitivos temblorosos, titilantes como temblorosas titilantes infinitivas estrellas. No, no poder hacer el amor en infinitivo: todo tener que empezar y terminar y por eso la desazón, la angustia, uno pensar de pronto en Heidegger Voyeur metido asesino de infinitivos con su ensangrentado fanático ser-en-el-mundo y qué tener que hacer vos o yo o nosotros en el mundo, qué carajo tener que hacer y qué tener que decidir o para qué hacer y/o decidir si nadie permitir la libertad infinitiva, si los infinitivos no durar, si enseguida morir en fauces en garras de indicativos esquemáticos, de imperativos dictatoriales, de deprecativos humillantes, de potenciales idiotamente esperanzados, de optativos ansiosos, de subjuntivos estériles o de principios macaneadores.

-¿En qué pensás Martín?

-¿Eh?