Se encuentra más allá de la realidad, por encima de ella. Entonces aparecen imágenes irracionales y oníricas dentro de una mente liberada. La escritura se convierte en una expresión espontánea del inconsciente, en el manifiesto de una imaginación revolucionada
Esta muy arriba no puedo subir, mira si me da vértigo. O peor, puedo tropezar y lastimarme. Pero si esta muy abajo me puede faltar el aire. No puedo, alguien que me tire una mano y por ahí lo pienso. Pero si nadie me tira la mano y si me agarra de la punta de los dedos y después me suelta. O si le hablo y no me escucha porque se quedó sordo. Y si yo me quedo sorda y no puedo escuchar nada, ni tampoco ver. ¡Y que gran problema ese! Si dejamos de ver, dejamos de creer, dejamos de querer. Dejamos todo y nos vamos. No volvemos.
Todos tenemos miedo, es algo que compartimos, que tenemos en común, que nos une. Pero la separación se produce entre los que sienten sus piernas temblar y deciden escaparse y los que a pesar del temblor deciden saltar.
Si el miedo siempre se nos va a aparecer y siempre nos va a desafiar, dejemos de pensar que la forma de combatirlo es escapar. Dejémonos guiar por la prueba y el error. Empecemos a vivir.
Los encuentros espontáneos suelen ser más atractivos que los intencionados porque son inesperados y porque no conocemos el deseo de su existencia hasta que son encontrados. Las oportunidades nos invaden y nosotros elegimos tomarlas o no. Seguimos un instinto y cuando nos queremos dar cuenta ya estamos adentro o afuera. Creemos con convicción que esos sitios esperaban nuestra entrada y al creer revalidamos su existencia. Cuando esa creencia se termina, ya no queda nada.
Aparecen mundos intensos pero a la vez efímeros. Y eso suele ocurrir con la intensidad porque es algo tan fuerte y poderoso que es difícil alcanzar su eternidad.
Necesitamos vivir en estructuras para protegernos, buscamos con urgencia los objetivos así ya estamos a salvo. No sabemos sentir, no queremos sentir de verdad. Encontramos un sentimiento, lo tomamos y creemos que es parte de nosotros y que es real. Entonces estamos satisfechos y dejamos satisfechos a los demás.
Creemos en la existencia de aquello que hemos creado. Pero no lo sentimos. Solemos inventarnos los sentimientos, las pasiones y los deseos. Pero no lo sentimos. Decidimos una profesión, una rutina, un objetivo. Pero no lo sentimos. Nos auto convencemos de cada cosa y ya estamos salvados.
¿Para qué cuestionarnos? ¿Para qué desafiarnos? ¿Para qué romper las estructuras? Si igualmente podemos llegar a ser felices. Pero no lo sentimos. Muchos piensan que el verdadero sentir significa transgresión, rebeldía, falta de educación, falta de sentido común, libertinaje. Pero no es ni una cosa ni la otra, esas palabras representan otros conceptos y todavía nos cuesta entender eso. Porque no lo sentimos.
Lo deseamos pero estamos muy lejos. Cada ser inventa una excusa para acercarse y de esa manera no tiene que dar explicaciones. Entonces ya no queda nada, la estructura está formada por una excusa en vez de por un deseo. El sentido deja de existir, el razonamiento no se entiende y sin embargo seguimos.
Por un lado, nos piden que continuemos y por más que decimos que no, ahí estamos esperando algo. Por otro lado, nos dicen que esperar en vano no es bueno. Creo que hace mal a la salud o algo por estilo. No se, nunca me explicaron cuál es el mal que nos genera eso. Quizás tienen razón pero nos cuesta entenderlo.
La única opción es simular que avanzamos y no estamos pendientes de la espera. Inventemos una historia y confiemos en ella hasta que sin darnos cuenta nos olvidemos del simulacro y la ficción se convierta en realidad.
Somos conscientes y simulamos inconsciencia. Deberíamos huir y desafiamos al tiempo. Quedamos anestesiados, como si estuviéramos en pausa. Sabemos que nos van a atrapar de nuevo y no hacemos nada para evitarlo, sólo esperamos que llegue el secuestro. Nos dicen que no tenemos que entrar en ese camino porque es oscuro y confuso pero paradójicamente nos ilumina y cuando estamos ahí entendemos todo.
Conozco mi manera de pensar, es torturante y enfermiza. Mi pensamiento, si puedo llamarlo así, no es uno solo pero sí es una sola la forma rutinaria que ha decidido tomar.
Al cerrar los ojos, en el intento diario por atrapar el sueño, aterrizan en mi mente y sin aviso aquellas imágenes que a esta altura las considero viejos enemigos. Altura de la cual me resulta muy agotador bajar dado que, irónicamente, pienso que no debería pensar. Para lograr así la libertad ansiada, ésa amiga que supe tener pero que no supe cómo hacer para que se quede.
Gasto mucho tiempo de mi vida en ese sendero donde se posa el mundo de los sueños y el silencio. Ellos disputan quién se quedará conmigo esa noche o día; todo depende de la ocasión o la espera. Quizás decidan repartirme (porque ya no soy mi dueño) y así me harán compañía un rato cada uno. Tanto es el tiempo que invierto que me dejó pobre; y es él quien me despertará a la hora que señalen sus opuestos brazos, cuando en un cerrar y abrir de ojos me encuentre inmerso en otro sueño… la realidad.
Escuche que si soñaste, dormiste mal y viceversa; pero quien versa estas palabras se guía por las pocas fuerzas con las que se levanta. En cambio, prefiero no tener rumbo para perderme en mis sueños y caer rendido ante mi debilidad pero feliz por mi libertad.... Lamentablemente les pregunto ¿Ustedes que opinan?
Al finalizar este camino recojo una caja, de la cual no sé qué saldrá. Y si vuelve, no se qué vendrá y muchos menos sé si no se va. Pero una cosa es segura, nunca parará.
Podría pasarme horas esculpiendo líneas sobre esta roca inmensa, que he decidido darle forma porque pesa, pero implica un tiempo que no me sobra y del que estoy harto de pensar. El cansancio se ha sentado a mi lado para llevarme, los despido y me retiro… debo ir a esperar.